«El virus que cambió la educación»

Mediados del mes de marzo, los docentes trabajando a  destajo para terminar un trimestre que teníamos perfectamente planificado. Todo iba como siempre, como estamos acostumbrados, cumpliendo plazos y en definitiva también cubriendo objetivos y estándares. Proyectos a medio acabar, programaciones al dedillo y viviendo la educación tal y como se concebía, es decir, presencial, en tu aula, en tu lugar de refugio y creación de sueños.

En cierta medida, la mayoría ya habíamos oído hablar de ese virus tan extraño, pero se veía tan lejano, nada más y nada menos que de China, así que seguimos a lo nuestro que es enseñar y aprender. Además, en algunos coles estábamos a tope con el regalo del día del padre e incluso preparando la primavera.

Pero algo a mitad de la segunda semana de marzo se podía entrever: noticas en tv, periódicos, redes sociales…Aun así, creo que no podíamos imaginar que ese mismo viernes sería el último día presencial del curso 2020 con nuestra clase ¡Imposible!  A lo máximo serán dos semanas, después de las vacaciones de Semana Santa volveremos. Así que preparamos corriendo a nuestro alumnado con trabajo extra para unos quince días.

Y poco a poco, todos fuimos conscientes por los medios de comunicación de que esto iba para largo y por qué no reconocerlo, que nos había pillado el toro. Muchas preguntas nos venían a la cabeza ¿Y ahora qué? ¿Se llevaron todos los materiales? ¿Cómo mantener el contacto real con mis alumnos? ¿Y los que no tienen internet? ¿Cómo evaluamos? ¿Sabré compartir mi pantalla en una clase on line? ¿Qué programa uso? Agobio máximo por doquier.

Nadie daba instrucciones claras, tiempo de bloqueo, dudas y espera, en definitiva, cada uno sabe cómo es su clase, cómo son las familias que forman su tutoría y empezamos a desesperarnos. Creo que a la mayoría del colectivo docente, nos sucedió algo casi a la par, nos dimos cuenta de que los únicos que podríamos sacar adelante esto, éramos nosotros mismos. La clave estaba en encontrar la vía de comunicación con las familias.

Sin mucha dilación, de un día para otro y sin darnos cuenta, teníamos más contacto que nunca con los padres y madres de nuestras aulas, aquellos que parecían más negativos o reacios durante el curso, se convierten en aliados, en definitiva, las familias y los docentes vimos que estábamos en el mismo barco y no podíamos dejar que se hundiera.

Aplicaciones como “Zoom”, “Meet” o “Classroom” echaban chispas de la pasión docente por adaptarnos y “normalizar” lo que no era usual: clase desde casa y para casa. Creo que todos recordamos en esta época  unos de los principios de la educación: ensayo-error y ahí estábamos probando, fallando y aprendiendo al incluir los hogares en el ritmo lectivo.

Esta pandemia, sin lugar a dudas, marca un antes y un después en nuestras vidas, en la sociedad globalizada y ni que decir tiene, que en la educación.  Dentro de lo negativo, los docentes, debemos quedarnos con lo positivo y aprender para mejorar y estar listos para otros posibles brotes.

Ahora más que nunca, han salido a flote diversos aspectos que multitud de docentes veníamos reivindicando, tales como: la necesidad de unas metodologías activas, flexibles, abiertas y que generen conocimiento. Abandonar la dependencia absurda del libro de texto, seguido de principio a fin, página a página, o incluir habilidades digitales en la formación del alumnado, tan importantes como adjuntar un archivo, o preparar un documento para la vida real.

Y llega septiembre, mes de incertidumbre y por qué no admitirlo, también de miedo, un miedo racional, un miedo que nos hace humanos, un miedo positivo que nos empujó a crecernos ante el dichoso virus y buscar soluciones donde no las había. Quizás un eslogan que todos habremos escuchado de la vuelta al cole ha sido “Renovarse o morir”. ¿Llevarán puesta mis alumnos la mascarilla? ¿Cómo enseño sin apenas materiales físicos? ¿Dónde hago la dichosa burbuja? ¿Cumplo con la normativa de la distancia? ¡Pero si aquí no caben!

Y otra vez, sin saber bien ni cómo, aquí seguimos, el alumnado dando una lección al profesorado de adaptación, concienciados sobre las normas y los protocolos desde casa, equipos de claustros unidos para superar el reto, creando nuevos materiales  y una sociedad que puede descansar de la pesada carga de no tener con quién dejar a su “churumbel”.

No podemos dejar de mencionar, la increíble e inaudita comunidad educativa docente on-line que se ha creado en este tiempo, diversos foros de consulta, sitios colaborativos,  webinars de formación y  recursos compartidos. Una vez más, podremos resaltar un lema docente “A quien le gusta enseñar, nunca deja de aprender”.

Adaptándonos y caminando, a nuestro modo, estamos venciendo el virus que nos cambió y empujó al mundo virtual y es que #otraeducaciónesposible.

Pedro Belmonte Aranda. @peter558ct @unamestrodeprimaria

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